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Lelia Inés Albarracín y Jorge R.Alderetes  (2005).  Estrategias de supervivencia de la lengua quichua en el Noroeste Argentino. En "Encuentro ITINERARIOS Y RUTAS CULTURALES - Vías de comunicación e intercambio de experiencias, bienes y costumbres:  El patrimonio desde una mirada integral",  Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio, Comisión Nacional de la Manzana de las Luces, Buenos Aires, 21 y 22 de Abril de 2005.

Estrategias de supervivencia de la lengua quichua
en el Noroeste Argentino


Lelia Inés Albarracín de Alderetes
Jorge Ricardo Alderetes

Asociación Investigadores en Lengua Quechua
adilq@hotmail.com

INTRODUCCIÓN

Según estimaciones recientes aproximadamente 300 lenguas están condenadas a desaparecer en los próximos años. Se trata de lenguas minoritarias, desprestigiadas, discriminadas. La pérdida de una lengua es un hecho lamentable e irreversible, un tesoro desaparece. El sistema simbólico milenario desarrollado por una comunidad, muere.
En Argentina, existen alrededor de 16 lenguas indígenas cuyo estado actual es crítico. El español, lengua dominante y de poder avanza en detrimento de las lenguas autóctonas (Albarracín: 2002).
“Las lenguas no sólo sirven para comunicarnos unos a otros; también son recursos o estrategias de poder, o prisiones que excluyen y discriminan, o dispositivos colmados de prejuicios ideológicos. En el mismo acto en que  establecen la comunicación, las lenguas se constituyen, también en instrumentos de ideología y poder” (Godenzzi 1992: 10).
El quichua, una de esas lenguas minoritarias,  ha sabido utilizar estrategias de supervivencia durante más de 500 años: por un lado es actualmente lengua de comunicación familiar de alrededor de 300.000 personas en todo el país (Alderetes, Albarracín 2003: 147-148); palabras provenientes de este idioma son utilizadas en forma cotidiana en Argentina y especialmente en la región noroeste, pero por otro lado existen cientos de topónimos que contienen vocablos quichuas y que en muchos casos su origen es desconocido por la mayoría de los argentinos.
En este trabajo nos referiremos brevemente al análisis lingüístico de los topónimos, como valiosa herramienta para visualizar las rutas culturales asociadas con los mismos, pero haciendo hincapié en la necesidad de usar métodos científicos rigurosos y en la selección crítica del material bibliográfico existente sobre la temática.


LA EXPANSIÓN DEL IMPERIO

La lengua quechua o quichua fue el idioma oficial del imperio incaico, una de las civilizaciones más portentosas de la humanidad. Este imperio, con capital en Cuzco, se extendió también hacia el norte de Argentina, imponiendo su lengua a los pueblos sometidos. Geográficamente, podemos decir que la lengua quichua llegó hasta la zona centro del país.
“El área del noroeste de Argentina, donde el Quichua tradicionalmente ha sido hablado, es una región montañosa que se extiende desde Bolivia en el norte hasta Mendoza en el sur, y desde la frontera chilena en el oeste hasta el Chaco Argentino en el este. Por lo que se refiere a las divisiones políticas modernas abarca las provincias de Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja, Tucumán,  y partes de Santiago del Estero, Córdoba, San Juan, y Mendoza. Esta región forma un área de cultura válida en sí misma que se mantiene en contraste con el resto del país” (Bennett,  Bleiler y Sommer 1948: 15, citado por Stark 1985: 732).
    “El quechua fue instrumento de penetración cultural y de dominio político mucho antes de la llegada de los españoles (...). La progresiva expansión del imperio Inca había encontrado allí indígenas de costumbres y lenguas diferentes – diaguitas, lules, tonocotés calchaquíes, sanavirones- a los que hubo de someter a su tributo.
    Con el Imperio, los incas extendieron también su lengua, de modo que los pueblos sometidos necesitaron aprenderla para el tráfico periódico con sus dominadores”. (Fernández Lávaque 1998: 19)
    El quichua fue hablado en el noroeste argentino hasta principios del siglo XX. Un testimonio de la importancia que tuvo la lengua siglos atrás es el Acta de Declaración de la Independencia de nuestro país de 1816, redactada en quichua, aymara y español.  Fernández Lávaque (1998: 21) menciona también otros documentos como la proclama de uno de los vocales de la Junta de Mayo, Juan José Castelli, dirigida en 1811 al pueblo del Alto Perú y el decreto de la Asamblea Constituyente de 1813, “documentos todos escritos también en quechua”.
    En esta revisión de la importancia que otrora tuvo la lengua cabe destacar la toponimia, que ha permitido conservar palabras que hoy han caído en desuso. Una de esas palabras es “Chaco” que en quichua significa ‘lugar de cacería’. Esta palabra nombra a una de las provincias del noreste argentino, pero no es la única; La Pampa también tiene un nombre quichua, originalmente esta voz era “panpa” y significa: ‘campo, llanura, planicie’ (Alderetes 2001: 293). Casualidad o no, alguna vez se pensó en cambiarle el nombre justamente a estas dos provincias por los de Juan D. Perón y Eva Perón, respectivamente. Volvemos entonces a esa idea de la Introducción cuando hablábamos de lenguas discriminadas y lenguas de poder.
Sin embargo, hay topónimos de origen quichua que lamentablemente se extinguieron como es el caso de “Chaguar Puncu”  en la provincia de Santiago del Estero que fue reemplazado por Ingeniero Forres. “Chawar Punku” daba cuenta de una especie vegetal que abunda en la zona, de ahí la importancia testimonial que este nombre tenía. “Con cada lengua que desaparece – al igual que con cada especie biológica que se extingue- la humanidad sufre una pérdida irreparable en su acervo cultural, en sus visiones del mundo y en su equilibrio ecológico” (Fishman 1978, 1982,1991, citado por Hamel 1995: 3).
    El mecanismo de supervivencia de la lengua a través de la toponimia es incuestionable: voces extinguidas en el habla cotidiana se conservan en nombres de lugares como es el caso de “kita”, que significa ‘monte’ y ha sido reemplazada por “sacha”, en el habla contemporánea. En Santiago del Estero, existe la localidad “Kita Punku” (Christensen 1917: 92).
Según Cerrón Palomino (2003: 43), “La lengua (...) es el mejor mirador a través del cual se penetra con mayor profundidad en la vida de un pueblo, pues en ella se transluce todo el cúmulo de sus experiencias, conocimientos, creencias y sistemas de valores acumulados por el ser humano en su interacción con la realidad. La dimensión del lenguaje conquistada por el hombre se convierte, por ello mismo, en un producto cultural. De allí entonces que para conocer la cultura de un pueblo haya que abordarla, mientras sea posible a través de su lengua”.


LA SUPERVIVENCIA DE LA LENGUA A TRAVÉS DE SU SINTAXIS


Según Jesús Tusón (1989: 33): “El dominio de una lengua se manifiesta, por encima de todo, en el control de sus estructuras gramaticales”. 
Una estructura característica de la lengua quichua es lo que se conoce como frase nominal, compuesta por un modificador y un núcleo (modificador - núcleo.) Esta estructura nominal indica que el modificador, que puede ser un sustantivo o un adjetivo, precede al núcleo, que es siempre un sustantivo y se manifiesta y se mantiene en nombres de lugares. Encontramos ejemplos como los siguientes: “Vieja Pozo” (Salta), “Monte Maíz”  (Córdoba), “Monte Potrero ”  (Catamarca), “Bandera Bajada”  (Santiago del Estero).
“(...) No hay que olvidar que las palabras son y dejan de ser, mientras que si los esquemas formales perduran, perdura con ellos la lengua”. (Tusón 1989: 28). Los cuatro topónimos están compuestos indudablemente por voces de origen español sin embargo la sintaxis es propia de la lengua quichua y deben traducirse como:  ‘Pozo de la Vieja’, ‘Maíz del monte’, ‘Potrero del monte’, ‘Bajada de la bandera’.

Algunas palabras pueden confundirnos y hacernos pensar que son voces de origen castellano como “Mayo”,  “Tio” o “Cara”. Sin embargo, se trata de palabras que reflejan elementos del paisaje natural al igual que “orqo”, “yaku”, “kocha”, “rumi”, “pukyo”, “wayko” o bien ejemplares de la flora: “taqo”, “achira”, “sunchu”, “chawar” o animales como “taruka”, “puma”, “uritu”, “kuntur”, “kuchi”, “suri”.

En el caso de “qara” es decir, cuero, es común que esté presente en la toponimia, ya que se trata de un elemento que formaba parte del intercambio comercial de los primeros habitantes (Sica y Sánchez 1996: 297). En Catamarca y Tucumán, encontramos el topónimo “Carapunco” <qara punku>; en Córdoba y Jujuy “Carahuasi” <qara wasi> y “Carayoc” <qarayoq> en Jujuy. También el oro <qori> era un elemento de intercambio al igual que la sal, <kachi>.  En Córdoba encontramos “Corimayo” <qori mayu> = ‘río del oro’.
Las rutas culturales asociadas a los topónimos que terminan en la palabra española “pozo”, indudablemente están vinculadas a la problemática del agua en la conciencia colectiva y a las actividades agrarias –especialmente en zona de llanura- que comienzan a desarrollarse en el período colonial. Al mismo tiempo, estas voces claramente indican un fuerte bilingüismo en donde el quichua, logra modificar la sintaxis española en frases nominales tales como “Carbón Pozo”, “Cebil Pozo”, calcos sintácticos cuyo equivalente en el español normativo sería: ‘Pozo del Carbón’, ‘Pozo del Cebil’.
Algo similar, esta vez asociado con la cría de ganado, tanto en zona de llanura como en montaña,  ocurre con los topónimos terminados en la voz española “corral”. Ejemplos de ello son:  “Caspi Corral”, “Suncho Corral”, “Cabra Corral”, frases nominales en sintaxis quichua que significan, respectivamente, ‘corral de palo’, ‘corral de sunchos’, ‘corral de cabras’. Es digno de mencionar, la curiosa interpretación que en algunos folletos turísticos se hace de “Cabra Corral”, según  éstos, el origen sería anglosajón porque los ingenieros que construyeron el dique homónimo eran ingleses y en las carpetas escribían ¡en sintaxis inglesa! esas dos palabras españolas. 
Como hipótesis, es posible afirmar que aquellos topónimos híbridos que contienen una palabra quichua, serían más antiguos, aunque también originados ya en período hispánico. En una situación intermedia, característica de un incipiente contacto lingüístico, se ubican los topónimos de voces quichuas en sintaxis española. Por ejemplo: Yacochuya <yaku chuya>(Prov.de Salta, también en Catamarca) ‘agua clara’. Los de mayor antigüedad serían los que conservan ambas voces y su sintaxis quichua.  Por ejemplo:  Pumayaco <puma yaku> (Catamarca, Dpto.Ancasti)  ‘Aguada del puma’.
Si retrocedemos en el tiempo, nuevas rutas culturales se despliegan para mostrarnos  la llegada de las huestes incaicas y su contacto con las culturas locales.  Los topónimos que comienzan con una palabra quichua y finalizan con “-gasta” son un indicio de ellas. Se ha especulado que “–gasta” cuyo significado es ‘pueblo’, sería la deformación de “llaqta” de idéntico significado.  Desde un punto de vista lingüístico, el cambio /q/ > /s/  es posible, pero resulta difícil aceptar el cambio /ll/> /g/.  De cualquier modo, ya sea el caso de si –gasta es un sufijo o palabra perteneciente a otra lengua ya extinguida, o si se trata de una deformación de “llaqta”,  evidentemente el origen de estos topónimos es anterior a la llegada del español.
La toponimia nos depara otra sorpresa: la ruta cultural trazada por los pueblos extrañados de su hábitat natural, por medio de los ‘mitmaqkuna’ incaicos.  La voz yaku, que designa al agua y tan común en la toponimia del NOA, pertenece a los dialectos quechuas norteños (Ecuador y norte del Perú). En cambio, en los dialectos sureños, incluido el cuzqueño-boliviano, la voz que designa al agua es “unu”, totalmente ausente no solo en nuestra toponimia sino también en el actual quichua santiagueño. Esto explica la similitud entre algunos dibujos que se encuentran en cerámicas ecuatorianas y que también están presentes en cerámicas de la cultura Sunchituyoj.
Retrocediendo aún más en el tiempo, cabe preguntarse cuál sería la relación –en tiempos preincaicos -entre las culturas aborígenes del NOA y las culturas altiplánicas o de la costa del Pacífico.  Un ejemplo lo constituye Tastil (en Salta), una ciudadela del período tardío preincaico, que básicamente era un centro de intercambios mercantiles y con probables contactos comerciales con comunidades de la costa del Pacífico (hallazgo de conchas de mar).  Otro ejemplo es el caso de la cultura agroalfarera Tafí, en el valle homónimo de Tucumán, la más antigua del actual territorio de Argentina, perteneciente al Período Temprano (200 años antes de nuestra era). Estas comunidades habrían provenido del altiplano boliviano, pues en el sitio de Wancarani existió una cultura con ciertos rasgos muy similares a los de Tafí que se remite a los comienzos del primer milenio antes de nuestra era (Alderetes 2001: 56).
Nuestra hipótesis es que estas rutas eran conocidas desde tiempos precolombinos por los pueblos altiplánicos e incluso de la costa y sierras centrales de Perú. Tradicionalmente se ha asociado la zona de expansión del quichua con el camino del Inca, de allí que se niegue el origen prehispánico del quichua santiagueño por encontrarse fuera de dicho camino. Sin embargo, hay claras evidencias que conectan los valles calchaquíes con la llanura santiagueña sin que hasta el momento se hayan encontrando evidencias arqueológicas de la existencia de un ramal del camino del Inca que una el valle de Tafí con la mesopotamia santiagueña.  No hay dudas que, colapsado el poder político central del imperio, esta fue la ruta más probable seguida por la colonia incaica de la Fortaleza-Templo de Quilmes que se hallaba al pie del Cerro del Alto (Turbay 1983: 254).  Así lo demuestran las figuras de la greca ofídica en las cerámicas encontradas en Quilmes que coinciden exactamente con las que se encuentran en las tinajas desenterradas entre los Ríos Dulce y Salado, la principal zona de habla quichua de Santiago del Estero.  De igual modo, los últimos hallazgos arqueológicos parecen indicar que desde esta zona salía un camino con dirección al Cuzco y que atravesaba el norte de Santiago del Estero. Allí tampoco hay evidencias de un ramal del camino del Inca, sin embargo, recuérdese que éste fue el camino de regreso al Cuzco de los sobrevivientes de la expedición de Diego de Rojas.
Obviamente, en las regiones donde sí hay evidencia física del Camino del Inca, encontramos numerosos topónimos que dan cuenta del paso de las huestes cuzqueñas.  Por ejemplo, en Catamarca: Mina Inca Huasi, en Jujuy : Inca Huasi, en Mendoza: Puente del Inca, en Salta:  Inca Mayo.
“La interpretación arqueológica nos indica que el sistema vial fue el símbolo de la omnipresencia Inka a lo largo de los Andes y muchos de sus caminos se encuentran aún intactos. Además de su sentido pragmático, los Inka asociaban sus caminos con la división conceptual del espacio y la sociedad; ellos constituían un medio de concebir y expresar su concepto de geografía política y cultural, y también estaban muchas veces investidos de un considerable significado ritual” (Aldunate, Castro y Varela 2003).


TOPONIMIA Y LINGÜÍSTICA

Desde un punto de vista lingüístico, es muy poco lo que se conoce de los pueblos que habitaron el norte argentino. Salvo los casos del quechua y el aimara, lenguas vivas en la actualidad, de las otras lenguas, en su totalidad extinguidas, es escaso el material disponible.
Existen cientos de topónimos que corresponden a otras lenguas habladas en el período incaico y preincaico y de las cuales prácticamente no existe documentación. No todo puede ser explicado desde el quichua pero algunos autores tienden a forzar la etimología de las voces.
Es paradójico que los trabajos científicos no sean consultados y por lo general se recurra a textos como “El hombre de Tukma” de Storni (1946), que no es otra cosa que una audaz y poética aventura filológica sin valor alguno histórico ni lingüístico. Con justa razón, alguien dijo que Storni era un hombre de una “ignorancia enciclopédica”.  Storni, con absoluto desconocimiento de los mecanismos internos de la lengua, pretende explicar por la vía del quechua voces de filiación desconocida o cuyo origen no puede ser atribuido a dicha lengua Aísla raíces y sufijos desconocidos, copia descaradamente a Lafone Quevedo (1927) y propone traducciones hilarantes. He aquí algunos ejemplos:

“Aconquija”:  según Storni proveniente de Ankonkilla, que según su análisis se compone de An = altura, Ko = agua, N = donde se hace, Killa = luna.  Es decir, ‘agua que se forma en las alturas, junto a la luna’.  No conforme con esto, propone otra alternativa:  An = altura, Konu = hielo - nieve, Killa = luna, es decir, ‘nieve perpetua en las altas cumbres, junto a la luna’.

“Amaicha”:  Storni propone que la voz original es Wamahychak, compuesta por Wa = localidad, región, zona, Mahy = que abruma, cansa y aburre, Chak = seco, marchito, sediento.  Su traducción sería entonces:  ‘Localidad árida y pobre, sedienta y escasa, que aburre y cansa por esa modalidad, zona pobrísima y agobiante’.

No se trata de ‘inventar’ topónimos de manera forzada para lograr la preservación de una lengua minoritaria, sino de conservar y valorar los ya existentes, que sabiamente reflejan la característica particular de una región. Cuando hablamos de ‘inventar’ topónimos, queremos ilustrar con un ejemplo concreto: a media cuadra de la plaza de Amaicha del Valle, en el departamento Tafí del Valle en la provincia de Tucumán, puede leerse un cartel que reza: “AMAUTA 2 km”. Aunque Amauta es una palabra propia del quechua cuzqueño-boliviano que designa al sabio, no es una palabra de uso frecuente en la región. Fue impuesta por un grupo de lugareños que crearon una especie de museo-centro cultural-albergue y que seguramente algún manual escolar los puso al tanto de la existencia de la voz ‘amauta’. A renglón seguido, Vialidad Provincial reflejó el nombre en un cartel, estampando una palabra importada, ajena a la región.  No nos oponemos al rescate de arcaísmos ni a los préstamos léxicos de dialectos afines ni a la creación de neologismos, pero entendemos que son procesos que sólo tienen validez dentro del marco de un proyecto de normalización lingüística y de una planificación adecuada. (Alderetes, Albarracín 2004: 85 s.s.).
Esto nos dice que debemos ser muy cuidadosos y críticos a la hora de evaluar los relatos orales y las explicaciones de los lugareños, porque muchas veces se trata de elementos exógenos introducidos por una minoría que tuvo acceso a estudios y/o información. Al desprevenido turista suele presentársele la Fiesta de la Pachamama en Amaicha del Valle como el hecho cultural “más auténtico” de los valles calchaquíes, pero no se le aclara que esta fiesta fue “creada” hace medio siglo por intelectuales totalmente ajenos a las comunidades indígenas de la zona. Se introdujeron palabras, para ser utilizadas durante la celebración, que fueron tomadas de diccionarios cuzqueños, pero que eran desconocidas por los dialectos quichuas de la región.  La utilización de la memoria histórica de los pueblos originarios es una herramienta importante para el conocimiento del  paisaje cultural articulado por los caminos y senderos del noroeste argentino, para estudiar ritos y costumbres, para analizar elementos arqueológicos. Pero esta estrategia de investigación, que considera la visión que tienen las propias comunidades indígenas sobre su historia y su paisaje, debe complementarse con el aporte de la etnolingüística –entre otras disciplinas- para una mejor comprensión del sentido de esos trazados, de las vinculaciones religiosas, artísticas y culturales con el ambiente natural, de una adecuada interpretación de los innumerables yacimientos arqueológicos del noroeste. El conocimiento del paisaje y su interpretación vernácula, los elementos ideológicos asociados a la topografía y accidentes naturales -que les dan una especial significación-, exige un trabajo interdisciplinario del que no deben estar ausentes los lingüistas especializados.
    De igual modo, la utilización de antiguos diccionarios de lenguas aborígenes –particularmente para dilucidar cuestiones de toponimia- debe apoyarse en estudios lingüísticos modernos que contribuyan a una correcta interpretación de los mismos, en especial de las ediciones paleográficas.
 
    Pero la “invención” de topónimos y el “trasplante” de términos no es el único daño que se infringe a nuestras lenguas y culturas autóctonas. En los folletos de hoteles, restaurantes o de oficinas de turismo encontramos jocosas traducciones de topónimos quichuas. Si lo que se busca es ‘revalorizar’ la lengua para impresionar al foráneo, se está logrando la subestimación de la misma al no realizar una consulta a quienes tienen autoridad sobre el tema. Se puede incurrir en graves errores al interpretar la cultura y simbología andina sin hacer un examen crítico de las fuentes de estudio.
    A continuación algunos ejemplos:

“Lunahuana”:  nombre de un hotel en Tafí del Valle que, según la folletería, significa ‘Lugar donde te haces hijo de la luna.  En realidad se trata de un topónimo presente en la geografía peruana y de una voz cuyo significado es “cárcel”.  Luna no hace referencia al satélite natural de la Tierra, sino “runa=hombre, gente” y Huana proviene de wanay=castigar.

“Yuturuntuna”: (lugar del Departamento El Alto, en la provincia de Catamarca). Según Carlos Villafuerte (1979: 70), miembro de número de la Academia de Letras, es voz del Cuzco, compuesta por “yuto=corto, escaso”, “ru-run=fruto”. Es decir, ‘tunas de pocos frutos’. Además de esta arbitraria y equivocada separación de raíces, Villafañe se da el lujo de rechazar la traducción de Lafone Quevedo ‘huevedero de la perdiz’, que transparentemente se desprende de este topónimo. No es el único yerro de Villafuerte, su diccionario de topónimos es un muestrario de lo que no debe hacerse.


CONCLUSIONES

Decíamos al comienzo de este trabajo que la cultura del noroeste argentino mantiene un contraste con el resto del país. Sin embargo en colegios y universidades no nos hacen circular por esas diferencias enriquecedoras. Los símbolos de las sociedades ancestrales son destruidos sin importar su aporte a la génesis de nuestros rasgos identitarios. Uno de esos símbolos es la toponimia, un aspecto cultural que suele ser abordado con demasiada ligereza, como ilustramos. Un aspecto cultural en el que no se indaga sobre la relación dialógica que mantenía el nativo con el entorno social y natural, ni en el que se tiene en cuenta elementales conceptos de lingüística.
Consideramos que la toponimia no puede ser reducida a un simple folclore sino que debe ser estudiado como un itinerario cultural que nos lleva a encontrarnos con las raíces más profundas de nuestra identidad.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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