Un camino hacia el cambio

por Pascal Montoisy

La interculturalidad, concepto en boga, usado y, a veces abusado, por el mundo político y educativo cuenta con tantas definiciones como de investigadores, practicantes, políticos o simples ciudadanos. Si algunos lo conciben como una cuestión comunicativa, un proceso de diálogo, una capacidad de descentralización, una deconstrucción del pensamiento etnocéntrico, otros lo consideran como un tema de comprensión, o como una manera de reducir las discriminaciones, las exclusiones, o como la búsqueda, el interés, la valoración, aceptación, la curiosidad fértil  para lo ajeno. Terceros dicen que la interculturalidad incorpora una primera fase de corte intracultural que apunta a investigar, rescatar, tomar conciencia, analizar y valorar lo propio, que a veces queda escondido y despreciado, porque está insertado en lo cotidiano. Esta búsqueda constituye el capital inicial para enfrentar el encuentro intercultural.  Otros la ven como una lucha por el territorio y la conformación de estados plurinacionales con una ciudadanía intercultural sabiendo que el diálogo no puede ser posible sin condiciones previas como una simetría entre interlocutores que implica cambiar las relaciones de fuerza en la vida política y social entre poblaciones. Por lo tanto, la interculturalidad debe ser un proceso de cambio que transforme las relaciones de dominación e intente romper la hegemonía prepotente de una cultura sobre otra.
Aquí lo que nos interesa es la escuela, este espacio de reproducción socio-cultural así como de las ideologías dominantes que la interculturalidad tiene que cuestionar en todos sus ámbitos y dimensiones, desde la filosofía educativa y la gestión hasta los procesos pedagógicos y didácticos en todos sus componentes.
La interculturalidad interpela la escuela en cuanto a una definición clara del “para qué” de su existir y su actuar, del tipo de ciudadano que quiere contribuir a formar, como parámetro rector de todo su quehacer educativo. A este nivel parece imprescindible acabar con las prácticas alienadoras o de sumisión, con el individualismo compulsivo y la manía de la medición jerarquizadora, con el oscurantismo de la repetición, la ley de la tiza y de la saliva propia al logocentrismo, pero también evitando las trampas del tecnocentrismo sordo que instala al currículo al centro de la pedagogía,  para implementar corrientes más sociocéntricas con acciones abiertas y solidarias, en estrecha complicidad con el contexto local, cultivando una auténtica curiosidad para lo ajeno. En fin, se trata del regreso de las utopías, de los sueños, de una lucha clara para sacar de la sombra a los marginados, para un mundo más equitativo que provee más oportunidades. En este sentido se considera también a la interculturalidad como un compromiso para empoderar a ciertos sectores de la sociedad. Al final, la meta consiste en replantear las relaciones educativas para volverlas más simétricas y democráticas en la institución escolar y, al mismo tiempo, propagarlas a todos los niveles de la sociedad. En un momento de incertidumbre socioeconómica, de pérdida de toda brújula axiológica, de propagación de identidades colectivas efímeras, es una pedagogía del compromiso con la heterogeneidad, contra la discriminación y a favor de las formas integradoras.
Por lo tanto, la pedagogía intercultural plantea cambiar la escuela, cuestionando las relaciones de poder. Una de las mismas es la comunicación y comunicar significa “poner en común”,  que, al final, es el acto que nos constituye como seres humanos. Por lo tanto, empezar a dejar de ignorar o despreciar la lengua de los estudiantes es un paso inicial básico que ni siquiera tendría que entrar en debate.  Dar el poder de elegir su lengua de aprendizaje así como una escuela bilingüe tendría sencillamente que ser la norma.
Una identidad fuerte facilita el desarrollo de competencias interculturales y la autonomía del aprendiz. Consecuentemente, la poca confianza en los valores propios o una autoestima baja, que constituye uno de los componentes de la identidad, dificulta la participación en contextos culturales ajenos. Por lo tanto, las personas que no tienen una firme identidad lingüística pueden tener problemas en su adaptación a otros contextos culturales en los cuales sus valores no constituyen la norma. De esta manera, se puede decir que la identidad lingüística es un poder.
Se considera que la lengua es el eje de la identidad, ya que en todo ser existe la necesidad de una lengua identitaria y también de la cultura porque gran parte de la misma se manifiesta a través del lenguaje que moldea el contexto y se deja moldear por el mismo. Fishman no se cansaba de repetir que si desaparece la lengua de un grupo humano, se desvanecen sus saludos, sus insultos, sus imprecaciones, sus elogios, sus leyes, su literatura, sus cantos, sus adivinanzas, sus proverbios, sus remedios, su sabiduría, sus oraciones, en fin, su alma.
No hace falta repetir las ventajas de una enseñanza bilingüe a nivel del desarrollo de las habilidades creativas, de la resolución de problemas, de atención, de percepción, de la memoria, pero sobre todo a nivel del aprendizaje de terceras lenguas. Pero para la misma es precisa una gestión escolar audaz y prácticas con contenidos, metodología, materiales y formas de evaluar coherentes con el modelo de ciudadano proyectado.
El trabajo de Lelia Albarracín de Alderetes se inscribe en la línea de los pedagogos que se resisten a la facilidad y a la fatalidad, al comportamiento esquizofrénico de aquellos que pintan el cielo de intenciones generosas pero cuyas prácticas cotidianas reflejan todo lo contrario de lo que anuncian, de los gurús que predican con suficiencia y sentencian arbitrariamente sin aventurarse nunca en los senderos fangosos, pero alumbradores, de la complejidad diaria del maestro de aula. Aquí se trata de un trabajo de compromiso, que se inscribe en la certidumbre que el mantenimiento y desarrollo de una lengua depende de factores extra lingüísticos como el estatus, el sistema educativo, los medios de comunicación y la producción bibliográfica pero también de factores lingüísticos como la codificación fonética, morfológica y léxica así como la producción de glosarios mediante la investigación. Esta segunda parte constituye la base para elaborar materiales escolares de toda índole imprescindible para desarrollar una educación intercultural y es este desafío que se propuso la autora.
Por lo tanto el primer valor de este trabajo es su existencia. La descripción y explicación de la quichua es un umbral que permite lanzar  una invitación, para la producción de otros textos en todos los ámbitos del currículo: libros, fichas técnicas, documentos multimedia y otros.  Se trata de una incitación para que otros sigan en el camino, concreten su experiencia, su compromiso y también su utopía porque las lenguas minorizadas cuentan con un gran déficit de medios de expresión y requieren para su elaboración tanto de competencias lingüísticas como didácticas además de una preparación psicológica ya que la sociedad las ha  estigmatizado.

En estas situaciones, los lingüistas son los pioneros que abren caminos a los pedagogos. He aquí donde solo un trabajo multidisciplinario de equipo puede permitir alcanzar la meta de una educación intercultural bilingüe. Todos los docentes comprometidos en estos proyectos necesitan inscribirse en redes, no solamente para comunicar, sino enraizándose en una misma convicción, tejiendo juntos, alentándose para luchar contra los prejuicios, las desesperanzas, los errores, los primeros fracasos presentes en todo trabajo innovador. Es preciso construir una identidad educativa enmarcándose en un espacio que permite solidaridades creativas y fundadoras, encuentros efímeros pero fecundos, conexiones heurísticas, innovaciones, descubrimientos, intercambios fértiles, no solo por motivos de eficiencia pedagógica sino también para construir una mayor visibilidad y de esta manera contar a nivel político.
No se trata aquí de una metodología o de estrategias sino de una alternativa en una sociedad esclerosada por su incapacidad a crear nuevas perspectivas.

El libro de Lelia Albarracín de Alderetes es la apuesta  que otras políticas educativas son posibles, simplemente porque hay mujeres y hombres que se comprometen, que retan la presunción de los tecnócratas, las reformas inconsistentes y los proyectos hegemónicos, en fin, es  el inicio de un camino diferente …

 

Pascal Montoisy (*)
APEFE – Bélgica

Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, febrero de 2010


(*) Lingüista y pedagogo, Magister en Didáctica de Lenguas y Ph.D. en Ciencias de la Educación. Coordinador del Programa de formación permanente en Educación Intercultural para maestros en servicio de Tierras Bajas (Bolivia). Es asesor y docente en Educación y Gestión Intercultural en la UAJMS (Universidad Autónoma Juan Misael Saracho), UMSFX (Universidad Mayor de San Francisco Xavier), UAGRM (Universidad Autónoma René Gabriel Moreno), UABJB (Universidad Autónoma del Beni “José Ballivian”) y UAP (Universidad Amazónica de Pando).