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MARIO TEBES Y ATILA KARLOVICH (2007)  "Otro fallido diccionario quichua santiagueño "
NUEVO DIARIO DE SANTIAGO DEL ESTERO
EDICIÓN DOMINICAL DEL 02-12-2007
SANTIAGO DEL ESTERO - REP.ARGENTINA

01/12/2007 | Nota de opinión

 


Otro fallido diccionario quichua santiagueño

Aldo Leopoldo Tévez, Diccionario Runa Simi o Quichua – Castellano, Buenos Aires, edición del autor, 2007.

Hace más de 50 años la Universidad de Tucumán publicó el "Diccionario quichua santiagueño-castellano" en el que Domingo A. Bravo, después de una investigación pionera de más de diez años, supo reunir el vocabulario nuclear del dialecto. Sin duda fue una obra señera de la época. Pero el tiempo corre, y precisamente los últimos 50 años fueron de cruciales adelantos en la lingüística quechua. Así no puede sorprender que, más allá de sus méritos, también hayan quedado expuestas las deficiencias del diccionario de Bravo y haya surgido la necesidad de nuevos libros de consulta.
En 1994 Jorge Alderetes publicó en Internet, con buen criterio, un vocabulario esencial sumamente útil que, sin embargo no pretendía ser un diccionario, sino más bien una base para esfuerzos ulteriores. En el año 2005 el grupo tucumano Sunisapis dio a conocer un diccionario que tuvo amplia difusión en la provincia y sobre el cual escribimos en su momento en estas mismas páginas (20/5/2005). Ahora es el turno de Aldo Leopoldo Tévez quien publica un "Diccionario Runa Simi o Quichua – Castellano".
En primer lugar habría que celebrar que se trata del primer quichuahablante que se anima a esta tarea. Y esto, desde luego, crea expectativas que lamentablemente –lo adelantamos– no se cumplen. Tévez es originario de Hoyón, departamento de Atamishqui, hace años enseña el idioma en varias instituciones en Buenos Aires, y entre muchos otros galardones exhibe su condición de miembro de número de la Academia Quechua de Cuzco. Quienes lo conocen saben que es un excelente quichuista que maneja su idioma con sabiduría y gracia, tanto como hablante como cuando escribe. Su poesía parte de tonos tradicionales, pero se arriesga hasta lo experimental en busca de nuevos horizontes para las letras quichuas. Y también sus cuentos arraigan en la oralidad campesina, pero su pluma transforma los temas populares de una manera muy personal e innovadora. Es una verdadera lástima que, por lo que sabemos, hace mucho que no publica en estos rubros.
Ahora el diccionario. Un diccionario suele ser un libro en el que se recogen alfabéticamente voces de una lengua. La signografía de Bravo, el panalfabeto, las recomendaciones de los cuzqueños, cualquier sistema sirve para ordenar alfabéticamente los vocablos. Pero hay que atenerse a alguno. Supuestamente Tévez –como académico cuzqueño– tendría que atenerse a la ortografía de esa institución. Pero no pareciera estar cómodo con este sistema ya que hace dobles entradas como, por ejemplo churqui/churki. Además conserva la escritura "hua/hue/hui" en contra de la recomendación cuzqueña "wa/we/wi" y lo justifica con este comentario insólito: "En los diptongos hua, hue hui, utilizados por influencia castellana, es posible que con el tiempo adoptemos la W…". Después sin embargo, en el cuerpo del diccionario, aparecen grafías como chawar, chiwa y hasta huawa que ya es el colmo de la desortografía. Pero hay algo peor todavía: Tévez escribe la "c" de Bravo como "k" y la "ck" de este como "q", pero anota keñalu (en vez de qeñalu, que sin embargo también figura como doble entrada) y, mucho más grave, chakay en lugar de chaqay. Además figuran –ka como doble entrada de –qa, sufijo topicalizador que para nuestro autor es "eufónico, a veces sin significado"… Habría más para comentar sobre este tema, pero a veces pareciera que los problemas que tiene el autor en este rubro son más bien de índole ortográfica que sistemática, sobre todo cuando le suceden también errores del mismo calibre en castellano como escribir herrores, ambriento y arapiento…
En cuanto al vocabulario consignado, Tévez se atiene más o menos a lo que ya había aportado Bravo. Sin embargo, hay que recalcar algunos aciertos: alguna vez corrige un error de Bravo, como cuando sustituye churiyay por el correcto churi(y)akuy (engendrar), otras veces, trae acepciones que Bravo había omitido, como "semen masculino" por choqa o "copular" por waqtay. Incluso introduce meritoriamente vocablos que no trae el diccionario de Bravo, como timpuy ("hervir"), kaptaru ("ganso silvestre"), siay ("atajacaminos", que también se llama siawi) o chiwa y derivados ("cinchada"). Por otra parte, introduce sin criterio coherente vocablos sacados de diccionarios de dialectos ajenos al santiagueño com amlla, apatara, apichu, kuncha, kupa, pipu, kaullay (nos gustaría saber de dónde habrá sacado éste) y tantos otros que no entiende ningún hablante santiagueño. Asimismo introduce neologismos de dudoso valor como pacha qelqaj ("dibujador de ropa" "bordador/a"), huasi qata ("cobija de la casa" "techo") o más extraño todavía, hueqe ruana ("hacedero de lágrimas" "lagrimal"). Eso desde luego no quiere decir que toda introducción de neologismos y vocabulario a partir de otros dialectos esté mal. Así nos parece bien, por ejemplo, que haya consignado qelqay por "escribir", que ya tiene cierta carta de ciudadanía en Santiago. En todo caso, tendría que anotar la procedencia no santiagueña o la condición de neologismo para este tipo de entradas. Por otra parte omite la oportunidad de alistar vocablos propiamente quichuas de etimología española que como quichuista conoce muy bien, como agatas, alajita, alfa, law, toriay, bellakiay, baldiay, redepente, abichakuy y tantos otros que merecen figurar en un diccionario del dialecto.
Una de las fallas principales de la obra es la inseguridad y asistematicidad con la que el autor describe gramaticalmente las entradas. Rara vez indica, por ejemplo, la transitividad o intransividad de los verbos, y nunca la ambivalencia de algunas raíces. Además introduce una enorme cantidad de raíces ligadas y las clasifica sin más como sustantivos. Es cierto que este error lo copia de Bravo quien también lo había cometido aunque en menor medida. Así por ejemplo consigna rima como "habla, palabra, lenguaje, idioma" sabiendo muy bien, como buen quichuista que es, que para significar eso hay que decir rimay. Rima-, al menos en quichua santiagueño, no es otra cosa que una raíz. Hay varias docenas de ejemplos más como arma, chinka, waqa…. Por otra parte consigna innecesariamente formas que pueden deducirse según las reglas de derivación y que no tienen porqué estar llenando páginas de un diccionario. Tomemos el ejemplo de rima-: no hace falta consignar también rimaj y rimana, ni siquiera rimanakuy porque se derivan regularmente del verbo. En cambio está bien que agregue rimachiy que sin embargo sólo anota con su significado deducible "hacer hablar", pero no como "hablarle a alguien, conversar" que sí es un significado no deducible. Más innecesario todavía es poner en lista formas conjugadas de verbos (como para-chka-n "está lloviendo", ina-ku-a-n "se me hace" o qaa-wa-y – el pone incorrectamente qawaay – "mírame") o formas nominales con flexión de persona, número y caso (como hua-n "el hijo de tercera persona" (¿?), qam-an "contigo", qara-p "perteneciente al cuero". A la hora de introducir sufijos la cosa se pone especialmente confusa, tanto cuando consigna series de sufijos que tendrían que ir separados, como –koq (–ku y –q), –spaqa (–spa y –qa) o –chumpas (–chun y –pas), como cuando trata de explicarlos.
En principio es discutible si un diccionario es el lugar para alistar topónimos y nombres históricos. En cuanto a éstos, Tévez consigna toda la genealogía de los Incas y afines. No creemos que esto sea pertinente en un diccionario del dialecto santiagueño. En cuanto a los topónimos es sabido que Bravo también lo había hecho. Pero lo hizo con criterio –se limitó a los topónimos propiamente santiagueños– y creemos que su proceder se justifica tratándose de una lengua de difusión territorial tan restringida. Tévez, en cambio, no se ciñe a ningún criterio. Elige topónimos santiagueños al azar y agrega, sin sistema, otros, catamarqueños, sanjuaninos, cordobeses, bolivianos, de raíces quichuas algunos y otros que de ninguna manera las tienen (como Niquivil, Jáchal, Anillaco, Caminiaga etc.), sumando etimologías fantasiosas. A pesar de que daría para mucho no queremos insistir en este campo de las etimologías, donde Tévez demuestra una imaginación digna de un poeta, pero desprovista de todo rudimento lingüístico. Como muestra mencionemos la etimología que suministra de su pueblo natal Hoyón, topónimo de indudable procedencia castellana y documentado como tal en España y prácticamente todos los países hispanoamericanos. Tévez lo deduce del aymara –¿y cuándo hubo aymaras en Santiago?– uyu– con sufijo quichua de posesión –n y lo traduce como "lugar o casa de él o ella". No creemos que hagan falta más ejemplos.
En la crítica que le hicimos en su momento al trabajo de Sunisapis nos referimos a la particular naturaleza de los diccionarios. Dijimos que eran libros autoritarios, en el sentido de que el que los consulta se está dirigiendo a una autoridad en la que tiene que poder confiar. Lamentamos que Aldo Tévez –un excelente quichuista como hablante y escritor– no haya sabido estimar en su justa medida sus competencias y haya dado demasiadas razones para demostrar que no está a la altura de lo que se propuso. A pesar de sus inconsistencias y del paso del tiempo, por ahora el diccionario de Bravo sigue siendo absolutamente imprescindible.