¿QUIERE USTED ESCRIBIR EL QUICHUA CORRECTAMENTE?

Signografía versus Panalfabeto
 

Por Atila Karlovich*

En torno al quichua santiagueño sigue pendiente la cuestión de cómo escribir el idioma correctamente. Hay dos posiciones enfrentadas y es una lástima que hasta ahora los que las sostienen no se hayan podido sentar a cotejar racionalmente sus tantos a favor y en contra. La discusión se conduce emocionalmente y con demasiado poco conocimiento de causa. En esta nota, que no quiere ser más que un aporte a una discusión sensata y tolerante, trataré de aclarar ecuánimemente las cosas. Es importante que las posiciones queden definidas, con argumentos y sin retacear motivaciones. Por otra parte no tendré en cuenta irracionalidades extremistas que lamentablemente tienen demasiado peso de ambos lados.
Para empezar hace falta una mirada hacia la historia. Se sabe que el quechua no tuvo escritura hasta la llegada de los españoles. Cuando estos quisieron vehiculizar la lengua de los incas para la catequización, lógicamente partieron de su propio idioma para transcribirla. Cuando Domingo Bravo empieza a interesarse por el quichua santiagueño, la literatura que encuentra sobre el tema son los trabajos de Miguel Ángel Mossi (1889) y Sergio Grigórieff (1935), que enfocan en el dialecto cuzqueño sin tener en cuenta la variante de Santiago. Nada de esto puede satisfacerlo, más allá de brindarle una introducción a los fundamentos estructurales del idioma. De hecho tiene que comenzar de abajo, a partir de sus observaciones directas del habla de los quichuistas y lo que logra  sigue siendo increíble: hacia mediados de los años cincuenta está en condiciones de presentar un panorama sorprendentemente completo del dialecto.
En cuanto a la escritura, el propio Bravo  señala que tuvo que inventar su "signografía" (término  que tomó del padre Lira, quien lo utiliza en su diccionario cuzqueño de 1944)  por la condición ágrafa del quichua y porque las propuestas que encontró no se adecuaban a la modalidad santiagueña. De hecho,  en cuanto a los pocos textos escritos antes de la publicación de su obra, hay que decir que sus autores  se las arreglaban como podían.
Es evidente que la signografía no le debe nada a la caprichosa propuesta de Grigórieff, pero queda igualmente claro que  sí se apoya fundamentalmente en la tradición ortográfica colonial, representada por el padre Mossi (a pesar de que la escritura de este describe la variante cuzqueña). Ambos toman la ortografía castellana como norma y señalan las particularidades de la lengua indígena como excepciones a las reglas castellanas. De todas maneras, no cabe duda de que el rasgo central de la signografía es su carácter hispanizante.
 Ahora bien, hay que reconocer que la propuesta de Bravo representa coherentemente la realidad fonémica del dialecto santiagueño. Con una pequeña excepción que cabe señalar. No distingue entre fricativa velar sorda y la correspondiente postvelar,  representando ambas por |j| (suj, wajcha, jodey (velar) y llojsej, imataj (postvelar). Corrigiendo esto y moderando los sistemáticos excesos hispanizantes (como las reglas de acentuación y el tema de la |r|) creo que la signografía es una forma coherente y adecuada de representar el quichua y si este fuera el único dialecto existente, el problema de cómo escribirlo estaría felizmente resuelto y para siempre.
 Pero este no es el caso. Sucede que el santiagueño, con sus cien mil quichuistas,  no es más que una de las expresiones de una lengua que tiene por los ocho millones de hablantes. Por lo tanto parecería sensato mirar hacia lo que sucede en el norte. Veamos pues. Justo en la época en la que Bravo desarrolla su signografía, en los países andinos la lingüística moderna y, coincidentemente, el surgimiento de una conciencia indianista ponen en la mira la tradición ortográfica colonial. Cualquier sistema ortográfico es una representación simbólica convencional del lenguaje y su valor se mide en términos de coherencia y de consenso. Y este consenso tiene que ver con identidad e historia. En el caso del quechua es demasiado evidente que la escritura colonial no podía constituir una representación simbólica adecuada. Los esfuerzos por crear una nueva tradición fueron múltiples y sin entrar en detalles hay que saber que entre los años setenta y ochenta, en varias etapas, los peruanos y los bolivianos (quedaron afuera los ecuatorianos y los argentinos ) se pusieron de acuerdo (auque sigue habiendo disidencias) en unificar la escritura de sus dialectos utilizando lo que vino a llamarse el "panalfabeto quechua". Hay que aclarar que este acuerdo es de tipo exclusivamente ortográfico y no significa un intento de nivelación o avasallamiento de los dialectos. De hecho el acuerdo se gestó precisamente en la época en la que se descubría plenamente la autonomía de lo local.
 A Santiago esta discusión llegó a partir de los años ochenta, asordinada y distorsionada, eso sí, por la falta general de ambiente intelectual. La investigación lingüística, sin embargo, ya se había decidido por el panalfabeto y durante los años noventa también empezaron a acercarse protagonistas de las letras quichuas, entre ellos Sixto Palavecino, quien en múltiples oportunidades manifestó su adhesión. Pero tanto en su caso  como en el de otros, esto no pasó del voluntarismo, ya que no hubo quién los instruyera adecuadamente en los pequeños secretos de lo que solía llamarse "signografía peruana".
  Así se nos presenta el panorama desde lo histórico. Trataremos ahora de esbozar la situación actual de la contienda en base a los argumentos prácticos y serios de parte y parte. Ya hemos visto que por razones de coherencia en principio se puede vivir con cualquiera de las dos propuestas. Los que prefieren seguir con la de Bravo, tienen argumentos formidables a su favor: 1) La labor de alfabetización que se ha hecho ha sido realizada en base a la signografía. 2) Consecuentemente lo poco o mucho que saben leer y escribir los quichuistas lo saben por ella. 3) La única enseñanza superior del quichua que se da en la provincia está basada en ella. 4) La mayoría de los textos que se han escrito en quichua están en ella y la mayoría de los escritores sigue utilizándola. 5) Hay leyes que la oficializan. Los panalfabetistas a su vez argumentan como sigue: 1) La enorme mayoría de la comunidad quechua se ha decidido ya definitivamente por una solución que es incompatible con la de Bravo. 2) Seguir con la signografía implica un aislamiento aun mayor del quichua  santiagueño. 3) De todos modos también los lingüistas y estudiosos ya tomaron partido.
 La argumentación a favor de la signografía se maneja, como se ve, a nivel "local" y es fuerte donde enfoca en la práctica de la enseñanza. Los que abogan por el panalfabeto, en cambio, se manejan a un nivel más "global" partiendo de la unidad del idioma y su futuro deseable. Es evidente que las dos perspectivas son igualmente atendibles. En cuanto al terreno local, la signografía tiene mejores argumentos, mientras que en un ámbito más contextual gana el panalfabeto. Por ahora hay empate, pero se vislumbra que el "partido", si se lo juega racionalmente, lo gana la posición que esté en mejores condiciones de revertir sus desventajas, es decir la signografía si logra convencer de que no es un escollo para la integración ni motivo de aislamiento, o el panalfabeto si encuentra como enfrentar concretamente los retos de la alfabetización.
El debate está abierto y es urgente. No por las necesidades de los estudiosos. Ellos se mueven como pez en el agua en medio del caos ortográfico. La urgencia está en las necesidades de los hablantes que siguen siendo analfabetos en su propio idioma. Y sin duda lo seguirán siendo mientras los que dizque saben no se ponen de acuerdo.