Mario Tebes, o la sencillez potente de una lengua

Por Héctor Andreani

La quichua. Vapuleada, negada, ensalsada en fiestas turísticas, hablada, mantenida, escapista de la academia, pícara como el zorro, siempre con la sombra de su desaparición, balbuceada como escritura. Y hablada, lo más importante, por supuesto.
Con esta nota no pretendo formar en los lectores la idea de que el libro del Prof. Tebes es desesperante por donde se lo mire. Pero la realidad de dicho libro sobrepasa muchos aspectos. No se trata de romper límites en el sentido vanguardista, como si fuera un libro armado para provocar, quebrar estructuras y manifestar proclamas rebeldes. No se trata de un libro de indagación filosófica que pretende innovar temáticas del ser, la sociedad o el erotismo. Y no pretende nada de estas cosas porque el acto mismo de escribir en una lengua invisibilizada, desde esa lengua y para esa lengua, tira por tierra cualquier propuesta de choque, de ataque o de rebeldía, sencillamente porque estas cosas están escritas en la lengua dominante. El choque viene por otro lado, más pragmático y corporal, porque ataca las bases mismas del lenguaje social, desde la sencillez de su propia palabra escrita. Aquí vamos.
Comencemos por algunos aspectos preliminares: Tebes es un hablante bilingüe que comenzó a interesarse por su lengua materna siendo grande, como muchos hombres y mujeres que vuelven, de algún modo, a una búsqueda interna necesaria. Tebes después decidió convertirse en investigador de su lengua, hasta ser una persona muy reconocida es esferas de estudio lingüístico. Ese camino de búsqueda lo pude observar detenidamente en una persona cercana. Estábamos con mi abuela, una vez, en el silencio de la tarde y el mate, entre mis balbuceos de mi quichua académico, cuando de repente se largó con un cuento completo de la iguana y la cigüeña. Y, según sabíamos todos en la familia, ella no era quichuahablante. Después me manifestó que durante 60 años jamás había hablado en quichua. Y le salió, en sus ochenta y tantos años, como si nada, como si todo.
Esa potencia de volver tiene el libro de Tebes. Es una intención que está más allá de escribir recuerdos y reflexiones. Porque escribir en una lengua dada por inexistente, reducida su historia y su espacio social al silencio trabajoso de la casa, es, de algún modo, una respuesta al discurso disciplinario que llevamos dentro. Ese dispositivo de control que nos dice “esto está bien escrito”, “esto lo dijiste bien”, “se dice así”, “qué mal que escribe este chico”, “semuido a flechiá, maestro” se reflejan en todos nosotros, cuando miramos algo que nos llama la atención (la quichua, al quichuista), nos asombramos un poco, palmeamos la espalda al quichuahablante, y luego nos alejamos tranquilamente con nuestra vida cotidiana, dejando las críticas condiciones de subsistencia del campesino detrás, lejos, y en silencio.
Es una patada de alerta a nuestras seguridades de que “hablamos bien” y “el otro habla fiero”. Es desde esta perspectiva con la cual hay que asombrarse del libro de Mario. De boca de su autor, sabemos que el libro será distribuido en algunas localidades del departamento Figueroa, su lugar de nacimiento. Y esta acción particular (la circulación de textos) hace que este libro se diferencie de otras obras santiagueñas, que hablan del campesino, sus dichas y sus problemas, pero nunca esas obras llegaron al hombre rural, al quichuista. Es, también, una patada de aviso a los profesores en lengua, para avivarnos de que la formación académica no basta para entender el alcance profundo de una escritura en determinado tipo de lectores.
De esa potencia hablo. Hemos tenido el gusto de ver a adolescentes quichuistas divirtiéndose con el Sisa Pallana, de Tebes y Atila Karlovich, y hemos comprobado la eficacia lecturaria con este nuevo libro, donde la quichua (por los chicos) es lentamente reconocida, trabajosamente leída, y gradualmente acelerada, y estalla en una risa colectiva, una mirada reflexiva, o un comentario que agrega nuevos significados a lo escrito. Actividades “ilegales” que nunca serán tenidas en cuenta por el sistema educativo, y que debemos hacerla en horarios de extraclase. Estas “horas a destiempo” duelen un poco, porque no son horas de contraturno obligatorias (como educación física). Son horas donde los chicos deciden reunirse, juntarse para escribir en quichua, leer y reírse con el Sisa Pallana, saber que la vergüenza no existe, grabarse diálogos atrevidos y cuentos picantes, anécdotas de accidentes y relatos de aparecidos. En ese ambiente, los libros de Mario Tebes juegan con los chicos. Sin que lo conozcan personalmente, los chicos están charlando con un amigo. Y “lo literario”, los planes de lectura, las obligaciones escolares, nuestra incomprensión de docentes, las distancias hasta la casa, todo eso desaparece porque el placer de leer se hace presencia. Cualquier plan de lectura “muy” debiera tener en cuenta lo que acabamos de mencionar. Si deseamos generar hábitos de lectura, por qué no comenzar con material que refleja el alma, la vida, y las sensaciones de más de 50.000 chicos que siguen hablando ilegalmente en nuestra provincia y en territorio porteño. El libro de Mario Tebes es la respuesta a muchos interrogantes sobre las posibilidades de una lengua.
De ahí la potencia. Este libro representa muchas cosas: el hecho de contar un cuento del zorro con el carancho, o narrar cómo lo confundieron con un arquitecto en sus años mozos en Buenos Aires, o recordar con una nostalgia perdida el rastro de una “telesita” en un baile porteño, son estrategias de una escritura que ha roto sus propios límites. Ha roto con la idea misma de literatura, porque “lo literario” siempre fue un grupo de textos construidos en perjuicio de otros textos olvidados. “Lo literario” es el libro al cual se le adjudicó esa categoría. Y cualquier discusión sobre literatura siempre será una lucha con resultados pobres si no se tiene en cuenta el círculo de lecturas, por dónde andan los textos, si lo leen los académicos solamente o son textos que han llegado a la población (o pobración).
Sentimos que el libro de Mario Tebes cumple perfectamente el papel del zorro en los cuentos quichuas. Jodiendo, gambeteando a los perros, siendo pícaro, este libro se mete por intersticios del sistema dominante de lectura, atrapa a los chicos quichuistas con su embrujo, los hace reír y reflexionar. Los hace más fuertes por dentro, y genera en ellos el estímulo necesario para escribir cosas.

Cierro con un dato alarmante. La vitalidad de una lengua se puede medir por la edad de sus escritores. Hasta hace poco tiempo, no había escritores de menos de 60 años. El sistema educativo no lo sabe, y tal vez nunca se entere de lo siguiente: Hoy tenemos fuertes indicios de que, con el acompañamiento adecuado, los chicos y jóvenes pueden generar una escritura fuerte y expansiva en su quichua. Sin el libro de Mario, sin la potencia de su quichua shalaca, esto no hubiera sido posible.