Sixto, la quichua y la hipocresía

Prof. Héctor A. Andreani

 

Se hace difícil tratar de precisar algunos aspectos que rodearon la vida y la muerte de Sixto Doroteo Palavecino. Como se vio en estos días, hubo una respuesta enorme de parte de la sociedad santiagueña por la noticia de su muerte. Una despedida emotiva, de sus familiares y gente muy querida, a un músico, escritor y narrador, pocas veces vista en la provincia. La gente luchadora de siempre, y también los colados culturales, todos reunidos. Muchos folcloristas, escritores, funcionarios, trabajadores, y muy pocos quichuistas. Sorprende haber leído, por ejemplo, que Sixto tenía chagas desde hace treinta años. Sorprende, además, la mayoría de las opiniones vertidas sobre su figura: que era un grande, un baluarte de la cultura, un gran gestor, etc. Lo raro es que la mayoría no argumentaba por qué era un grande, un baluarte, etc. Pensando en esta situación, al margen de su triste notica  y de su lucha en vida, lo que nos interesa aquí será el uso que la sociedad hizo del concepto “Sixto” y todo lo que simboliza.
¿Qué representa la figura de Sixto para la sociedad santiagueña y para el mundo? Para el país, podríamos ver un hombrecito con violín hablando quichua, un rezago de “patrimonio cultural”, un “testimonio vivo de las culturas antiguas”, y otras barbaridades por el estilo. Para la provincia el caso es más complejo; podemos decir, para comenzar, que hubo que esperar hasta que muera Sixto, para que todos los medios lo hagan aparecer de repente, mucho y condensado como para hacer zapping después de un rato. Si bien fue mediatizado cientos de veces, era menos por convicción que por complacencia hacia algo que no se entendió nunca del todo. Complacencia por una figura que, de algún modo, simboliza lo poco que queda de una cultura sachera en vías de extinción. Y que posiblemente esta extinción no sea física, pero sí mediática, política, simbólica, y espiritual. Hablar de la muerte de Sixto es hablar de la desaparición de una idea de cultura que (durante muchos años) la sociedad y sus pésimos funcionarios crearon, elevaron, y después de las fotos, lo guardaron en el cajón para el próximo festejo. 
Frente a la abrumadora evidencia, es necesario proponerse discutir, al menos, por las condiciones materiales que obligaron a que Sixto (aunque no es así) sea visto como un pedazo de tela roto, perdido, pero conservado hasta su última hebra como pieza de museo. Un museo, diríamos, que está siempre a punto de caerse, pero a cada fecha cultural, se lo remoza con guirnaldas, con algún concierto en casa rosada, con algún programa compensatorio que confunde “lo quichua” (y todo lo que esto supone), y “lo indígena” (con todo lo falso o verdadero que queda en Santiago). Ese museo raído como una metáfora de la cultura santiagueña. Por supuesto que todo esto no tiene relación alguna con su inmensa obra, su vida y su accionar cultural, a través de un violín sachero que hacía maravillas. Y se podría agregar más discusiones culturales sobre el quichua y los campesinos, donde estos sujetos nombrados no pueden participar.
La muerte de Sixto es, de algún modo, hacer notar que nadie quiere embarrarse en un derecho humano esencial: el derecho a la enseñanza en lengua materna. Si logró trascender, fue porque (a fuerza de su violín, del apoyo inicial de León Gieco, de músicos que lo acompañaron en el camino, de numerosos discos quichuas invaluables) Sixto remó a contracorriente de un modo que a ningún militante político o gestor cultural se le hubiera ocurrido. Pero también porque se lo dejó cantar, se lo dejó hablar en quichua en los medios. Es decir, lo dejaban aparecer en los medios como para quedar bien, y para no pasar por ignorantes hacia aquello que no se entiende.
El Martín Fierro quichua no sólo es un libro: es parte de una tragedia mayor. Más allá de que algunos quichuistas hayan entendido su traducción, o no la hayan comprendido, hubiera sido interesante enterarnos sobre miles y miles de ejemplares repartidos en cada rancho, y en cada escuela de Santiago. O por lo menos, que haya sido parte de algún plan de lectura. Por supuesto que nada de esto pasó: Nadie, en el área educativa, sabe qué hacer con un bilingüismo de miles de niños quichuistas (o bidialectalismo de los no quichuistas), o con los miles de “Sixtos” que nunca podrán ser. Niños que no reciben el apoyo del sistema porque su lengua sigue siendo “ilegal”. Niños que nunca podrán escribir poesía quichua, ni cantar en quichua, ni putear en quichua en la carpeta de la escuela, ni argumentar en una nota de opinión en quichua, ni hacer un informe científico en quichua, porque nadie sabe qué diablos hacer con esa realidad que debe ser promovida y desarrollada.
Esta creación literaria de Sixto también sufre los efectos de esa hipocresía cultural: Nadie, jamás, publicó un comentario (no hablemos de un análisis crítico) del Fierro quichua, en ningún diario ni revista. Aplaudimos su publicación, y pasamos a otra cosa. Profesores en lengua: a nadie de nosotros le interesa dónde hay ejemplares de esta obra. Nadie los pidió. Nadie vio que circulen por el espacio social. Ni hablemos de la esfera rural, lugar estratégico de un público ideal al que Sixto hubiera querido llegar. Pero 1.200 ejemplares financiados de una obra en quichua es menos una política de lectura que un pequeño gesto paternalista. A pesar del notable esfuerzo de amigos y colaboradores que lograron publicar a este Fierro, el nulo interés social por la literatura quichua hace imposible una recepción interesante hacia dicho texto.
De este modo, el Martín Fierro quichua es empujado a ser parte de las innumerables obras santiagueñas del siglo XX que hablan del monte, de la problemática del excluido, de la riqueza cultural de los “otros”, pero que nunca llegaron al monte, al campesino, ni colaboraron en el proceso de educación popular. Más invisibles, todavía, algunos pocos docentes de Salavina, Figueroa, San Martín, etc., que intentan generar proyectos educativos bilingües sin ningún tipo de apoyo oficial, desconectados entre ellos, sin formación técnico-pedagógica del estado, pero con voluntad silenciosa. De ahí que Atila Karlovich concluía, con justa razón, que, para la gente, el quichua no se escribe porque no sirve para ser escrito, y porque los perdedores de la historia no son cotizables ni interesantes para nadie.
De aquí en más podremos observar medidas irrisorias de muchos sectores: homenajes  sin propuestas de acción, melancolías sin reflexión, proyectos sobre el día de la “cultura quichuista”, o el “día del quichua”, es decir, un acto mecánico más para los pobres chicos y maestros.
Con Sixto se murió algo que sería lo más “del monte” que nuestra sociedad santiagueña puede llegar a aguantarse. Sixto fue un puente movedizo entre una comunidad que lucha todos los días por su supervivencia, y el resto de la sociedad. Porque, al ver a Sixto mediatizado tantas veces, observamos que la sociedad avala paternalmente aquello que no entiende, y si aquél campesino quichuista se acerca para dialogar, sonreímos, sacamos una foto, y peligrosamente escapamos. Vale preguntarnos: ¿Dónde ponemos ahora el chagas de Sixto? ¿Y el de miles de campesinos? ¿Muchos cantan, recitan, narran? ¿Pudieron aparecer alguna vez? ¿Tuvieron apoyo de alguien para hacerlo? ¿Hasta qué grado pudieron cursar, al igual que Sixto? ¿Es posible que la sociedad sólo vislumbre un hombre, tapando el bosque con una hoja?
Y aquí la pregunta en la que todos somos sus asesinos: ¿Por qué, en 50 años de vida mediática del quichua, no hay miles de adolescentes-Sixto, miles de poetas-Sixto, o escritores-Sixto? Y como final: ¿Por qué la sociedad tuvo que llegar hasta el límite de declarar que “se murió el último de los grandes”?
En resumen: se trata de “intocables” prejuicios sociales reflejados en discursos en torno a Sixto. Se trata de miles de potenciales artistas del monte, excluidos del discurso social. Una cultura profunda fue dada por muerta, y reducida a la imagen de una persona querida. Hemos impuesto el traje de patriarca, prócer, apóstol, etc., a un artista (costumbre santiagueña de endiosar mitos, ocultando realidades que no nos gusta ver). Sixto, al igual que otros miles de santiagueños sin voz, está más allá de un patriarca. O mucho mejor, está más acá, lo que lo hace más nuestro.

Pensando en muchas personas sinceras despidiendo con dolor a un hacedor de cultura, (pero también por la hipocresía social y política observada anteriormente), el asunto es ver si lo que representa Sixto para la clase media es nada más que un músiquero, un quichuista pintoresco, o (muy a mi pesar) un desecho folclórico. O acaso su lucha, su vergüenza inicial a hablar quichua, su penurias económicas, su arte sin fronteras,  nos mueven a una discusión profunda en materia de políticas culturales, donde el bilingüismo es un elemento estratégico para miles de niños y jóvenes que podrían desarrollar sus habilidades estéticas y culturales desde su quichua. Este sería el mejor homenaje a Sixto: la lucha por la lengua y sus hablantes marginados.