Trabajo presentado en el XIII ENCUENTRO DE ESCRITORES EN LIBERTADOR (Prov. de Jujuy), 12 y 13 de agosto de 2006.
Este artículo se reproduce con autorización expresa de su autora.   

LAS POLÍTICAS LINGÜÍSTICAS Y NUESTRAS LENGUAS VERNÁCULAS:
¿QUÉ HACEMOS CON NUESTRO QUICHUA?


Hebe Luz ÁVILA

"Las relaciones históricas y lingüísticas entre el español y los idiomas aborígenes de América responden a las más diversas modalidades que pueden presentarse en el contacto de lenguas o, con terminología más vieja, pero más exacta, en los conflictos de lenguas y de cultura".
                                              Rafael Lapesa : Historia de la lengua española

En la sátira de “La Isla de los Pingüinos” de Anatole France, escrita en 1925, los pingüinos viejos advertían a los más jóvenes que historiar y escribir lo más lejano no causará ningún problema a los gobernantes y a las instituciones de la sociedad. El peligro se da si se  analizan los hechos recientes porque seguro que tocaremos intereses presentes.
Trasladando esta reflexión a nuestra tarea de pensadores más que de solo historiadores, entiendo que cualquier tema que investiguemos debe servir como plataforma para entender mejor el presente y proyectar un mejor futuro.
Por eso elijo tratar una situación que viene desde muy antiguo y permanece hasta nuestros días sin solución que satisfaga. Además, porque es un problema análogo en distintas regiones del país el de las lenguas vernáculas y qué políticas seguir al respecto.
Sostiene Silvio Zavala, en Poder y lenguaje desde el siglo XVI , que la relación entre el poder público y la lengua implica la relación entre lingüística, historia e historia de la lengua, por lo que la percepción de la misma, el estudio de su evolución y su enseñanza no pueden desligarse de la historia de las conquistas, la lucha entre los pueblos y las guerras.
En toda la historia de la humanidad, el dominio de la lengua ha servido siempre como indicador de supremacía y descrédito del “otro”. De esta manera, los griegos llamaban bárbaros a los que no hablaban griego y hacían (según ellos) "bar-bar" en vez de hablar inteligiblemente. Por extensión, para los romanos el barbarus designaba al extranjero, al inculto, al ignorante. Y luego, en la Edad Media, el latín era la lengua del poder y el saber, y la única lengua aceptada para comunicarse con Dios.
Pero vengámonos más cerca. Cuando Colón arriba a las nuevas tierras, el 12 de octubre, lo primero que ve es “gente desnuda”. El trato con los indios es amistoso, y en varias oportunidades, el almirante comenta que se comunican por señas. Los indígenas hablan y los españoles entienden por el gesto: “entendíamos que nos preguntaban si éramos venidos del cielo”. (14/10)
Esta forma de diálogo es confusa e insegura, como reconoce el propio Colón el 19/10: “aunque no doy mucha fe de sus dezires, así por no los entender yo bien”.
El descubridor intenta comunicarse luego con posibles reyes lejanos que habitaban estas tierras, según la idea que de ellas se ha formado leyendo a Marco Polo y, para lograrlo, envía “traductores”:
“Acordó el almirante enviar dos hombres españoles, el uno que se llamaba Rodrigo de Xerez, que vivía en Ayamonte y el otro era Luis de Torres, que había sido judío y sabía diz que hebraico y caldeo y aún algo de arábigo...” (2/11)
Ingenuamente, piensa que sabiendo un poco de varias lenguas se puede entender cualquiera.
El descubridor no se preocupa seriamente por comprender al morador original de estas tierras. Tanto es así, que cree que todos hablan una misma lengua, cuando sabemos que el fraccionamiento lingüístico es lo que más sorprendió a los autores que se refieren a América.
Uno de los problemas más difíciles que presentaba este mundo nuevo era la diversidad. Los españoles debieron afrontar multiplicidad de terrenos y de climas, pluralidad de pueblos, con desiguales niveles culturales, complejidades sociales y políticas (desde los imperios al nomadismo), variedad de religiones y a la par, una increíble diversidad lingüística.
Al respecto, podemos citar a Norman Mc Quown, quien afirma: “Esta región con toda probabilidad no tiene igual, en ninguna parte del mundo, en su multiplicidad y diversidad lingüísticas. Están registrados unos dos mil idiomas y dialectos, divididos ahora en 17 grandes familias y 38 pequeñas, además de varios centenares de lenguas independientes no clasificadas...”
Viniendo más cerca aún, encontramos la situación lingüística en el Perú. "Hay tanta multitud de lenguas entre ellos, que casi a cada legua y en cada parte hay nuevas lenguas" dice Cieza de León. Cobo señala que en el distrito de Lima había una aldea que tenía 7 ayllu, cada uno con su lengua distinta y otros historiadores señalan que algunas veces en una sola aldea se hablaban tres o cuatro lenguas diferentes, en tal forma que los habitantes no se comprendían entre sí
A pesar de este duro escollo, con el tiempo los hispanos lograron verdaderos progresos en el dominio de las lenguas indias, al punto de compilar un sinnúmero de diccionarios y hacer otras tantas gramáticas.

La evangelización

La principal razón por la que los españoles - y especialmente los frailes- aprendieron las lenguas vernáculas, fue la difusión de la doctrina cristiana entre los indios, que solo podía lograrse hablándoles al corazón en su propia lengua.
En Europa, el protestantismo había roto la unidad de la cristiandad y muchos españoles deseaban realizar una fulgurante conquista espiritual en América para fundar una Nueva Jerusalén.
Estaban seguros de poder ganar las almas de los nativos, a los que consideraban página en blanco, fáciles de moldear.
El  problema lingüístico se tornó desesperante para los misioneros en algunos momentos, especialmente al principio. Así, Diego Durán, dominico e historiador, señala tres etapas en la evolución de la comunicación entre misioneros e indios.1) predicación muda, por medio de gestos y señas. 2) predicación y catequesis pictográfica sobre la base de los glifos, la escritura azteca, crearon una nueva “escritura pictoideográfica”. Con ella se produjeron catecismos, como el de fray Pedro de Gante. Otras veces se utilizaban lienzos o cuadros que los misioneros mostraban y explicaban por mímica, y 3) predicación y catequesis en las distintas lenguas vernáculas.
Señalemos que el conocimiento de las lenguas indígenas equivale a un arma de guerra para los misioneros en todas las épocas y lugares. Es que sus actividades, según el espíritu ignaciano, se ideaban como campañas militares organizadas contra el demonio y sus instrumentos en este mundo, por lo que valoradas en este contexto, las lenguas indígenas devenían necesariamente en armas de guerra. Así, su  primer deber consistía en adquirir un manejo oral de estos idiomas y a veces estudiarlos y codificarlos con el objeto de enseñarlos a sus compañeros.
Los misioneros, pues, acometieron con fervor el estudio de las lenguas aborígenes y confeccionaron gramáticas al modo de la de Nebrija, tratando de adoptar los preceptos de una gramática neolatina a las complejidades de los idiomas indios que necesitaban dominar. La dificultad esencial con la cual se enfrentaban consistía en el análisis y descripción de la estructura de los idiomas, completamente diferentes de las lenguas europeas que ellos conocían. Frente a esta divergencia, su reacción inicial fue el asombro y la suposición de que el nuevo idioma era imperfecto y carecía de reglas.
Los primeros escritos misioneros en lenguas indígenas encaran dos aspectos  principales: gramaticales o lexicográficos y religiosos. Las gramáticas ( que se conocieron como artes) han resultado valiosas para los estudios posteriores, y algunos de los vocabularios de los primeros clérigos españoles (como el Vocabulario en lengua mexicana y castellana, de Alonso Molina, de1571) nunca pudieron ser superados.
Por suerte, y como consecuencia del temprano funcionamiento de imprentas en la Nueva España (1533), muchos de los estudios lingüísticos de los clérigos españoles se han preservado. El listado de este tipo de obras es tan rico, que buscando hacer una bibliografía más o menos completa, encontré un Proyecto de Digitalización de Textos en Lenguas Mesoamericanas que encara la Universidad de Pennsylvania,  que hasta el momento abarca seis páginas de solo enumeración.
Entre los principales, podemos señalar en México el Vocabulario de las lenguas castellana y mexicana de fray Alonso de Molina, en 1571; en Perú, el Arte y vocabulario de la lengua general del Perú, llamada quechua, de autor anónimo, impreso en Lima, en 1586.
En nuestro territorio, se destaca la obra del jesuita Alonso Barzana, misionero peregrinante, el cual llegó a dominar trece lenguas vernáculas y escribió vocabularios en lenguas de los abipones, de los tonocotés y de los guaraníes, para ser usados por los misioneros.
Cuando surgieron las dudas acerca de la racionalidad de los aborígenes, la gramática tuvo un papel importante en los debates. En efecto, el dominico Domingo Santo Tomás, en su Gramática o Arte de la lengua general de los indios del Perú, afirma que su objetivo principal, al ofrecer al rey su relación de la belleza y las complejidades de las lenguas indias, era “para que Vuesa Magestad pueda ver cuán falsa es la idea – como muchos querrían persuadir a su Vuesa Magestad – de que los naturales del Perú son bárbaros.”

Política lingüística

Encontramos como hipótesis más habitual la de la leyenda negra: "España al colonizar estos territorios impuso la lengua castellana y destruyó sin fórmula de juicio nuestras lenguas indígenas”. Esta postura impide plantear un problema tan difícil con la complejidad que se merece, a la vez que favorece un maniqueísmo ideológicamente justificado en la construcción de las historias patrias del siglo XIX, pero que hoy resulta imposible de sostener.
Entendemos que la situación lingüística de un país es el resultado de la interacción entre el comportamiento lingüístico espontáneo y las acciones glotopolíticas, esto es de la acción gubernativa y de la de agentes cuyas decisiones sobre las lenguas tengan repercusiones públicas. A su vez, ambos factores interactuantes se basan en las representaciones sociolingüísticas que se tengan de las lenguas, en particular de su contribución a la identidad comunitaria. Esto es así porque no todas las lenguas tienen la misma importancia ni el mismo peso funcional. De esta manera, su distribución desigual es el resultado de las relaciones que entablan sus hablantes en el seno de la sociedad. Es decir que la imposición de unos idiomas sobre otros no se debe al carácter intrínseco de los mismos sino a la política implícita o explícita asumida por los organismos de decisión y al ejercicio del poder por parte de sus hablantes,
Recordemos que el mismo año que Cristóbal Colón inició sus navegaciones, Antonio de Nebrija publicó su Gramática Castellana. Cuando la reina Isabel le preguntó para qué servía, Nebrija le respondió: “La lengua, Majestad, es el instrumento perfecto del imperio.”
Por medio de la lengua se podría lograr la integración del imperio e incorporar los indígenas a la Corona. Con este objetivo, las Leyes de Burgos, de 1513, establecieron la enseñanza obligatoria del castellano en las doctrinas y encomiendas. Acorde con esta política de monolingüismo, Carlos V promulgó en 1550 la ordenanza para que todos los indios aprendieran castellano: “...sean enseñados en nuestra lengua castellana y que tomen nuestra policía buenas costumbres, porque por esta vía con más facilidad podrán entender y ser doctrinados en las cosas de la religión cristiana.”
La propagación del castellano obedeció en gran parte a la presión uniformadora ejercida por los órganos del poder estatal, pero la conservación de las lenguas indígenas se debe, principalmente, a la postura de la Iglesia en la evangelización de los indios. Ambas tendencias chocaron y se interfirieron durante siglos. Así, en los primeros tiempos de la colonización prevaleció la imposición castellanista y se impulsó la enseñanza a la par de la evangelización. Así el cardenal Cisneros instruye a los frailes jerónimos:”muestren a los niños a leer y a escribir hasta que sean de la edad de nueve años; especialmente a los hijos de los caciques, de los otros principales del pueblo; y asimismo les muestren hablar romance castellano.”
Pero  Felipe II, en 1578, estableció la obligatoriedad del aprendizaje de la lengua vernácula para todos los sacerdotes que pasaran al nuevo continente y el tercer Concilio Límense, de 1583, se pronunció en igual sentido.
Ante este cambio de rumbo, los misioneros,  intensificaron el estudio de las lenguas nativas y la composición de gramáticas, especialmente los jesuitas. Así los que regentaban las colonias de esta Paraquaria evitaron cuidadosamente el español para que los indios no contrajesen los vicios de la civilización europea; aunque también contribuyó el largo aislamiento previo y la falta de mujeres españolas, lo que dio lugar a la indianización de los mestizos.
El Estado español mantuvo una actitud prudente frente a las lenguas indígenas, pero su posición fue oscilante en razón de las discusiones locales.
Frente al indianismo de la Iglesia, el Consejo de Indias alegaba en 1596 la abigarrada multiplicidad de las lenguas aborígenes y la dificultad de explicar bien en ellas los misterios de la fe cristiana, que la conservación de la lengua originaria era un medio que permitía a los indios mantener las idolatrías y supersticiones de sus antepasados y a la vez constituía un obstáculo para el programa lingüístico y civilizador español. Por ello, estimaban deseable que los indios dejen y olviden la propia lengua, so graves penas que se estipulaban.
Felipe II, prudentemente, comprende que el sistema compulsivo no era el más indicado para orientar la política lingüística en las Indias y responde: “No parece conveniente apremiarlos a que dejen su lengua natural, se podrán poner maestros para los que voluntariamente quisieran aprender la castellana y dese orden como se haga guardar lo que está mandado en no proveer los curatos sino a quien sepa la de los indios.” (Real cédula del 15 de julio de 1573). Sin embargo, el virrey del Perú da en ese mismo año órdenes conminatorias para que misioneros y caciques se valgan sólo del castellano.
Con su Real Cédula, Felipe II cambió la política sobre el lenguaje de los Reyes Católicos y de Carlos V y creó una ambivalencia. En efecto, el castellano queda como lengua oficial de los españoles y de la elite indígena, mientras que las lenguas vernáculas se usan para la cristianización de los naturales y para el empleo diario de los religiosos, los mestizos y la población india.
El castellano es la lengua de hispanización y las lenguas indígenas, de cristianización. En el fondo esta política propone un multilingüismo, que de hecho era real. El español sigue siendo la lengua oficial del Imperio, pero se considera que los indígenas progresiva y voluntariamente la irán aprendiendo.
El enfrentamiento prosiguió, hasta que en 1770, expulsados ya los jesuitas,  una Real Cédula de Carlos III impuso el empleo del castellano. Pero hasta entonces, los misioneros instruidos en las cátedras de lenguas generales indígenas habían favorecido efectivamente a su mantenimiento y aún extensión de su  dominio geográfico (Difundieron el quechua en el Sur de Colombia y el Noroeste de Argentina)
De esta manera, encontramos que después de 1770 se enseñaban simultáneamente el español y el quechua en tierras tucumanas, y el general Belgrano debió emplear el guaraní en sus cartas a los habitantes del Nordeste argentino y Paraguay para que se sumaran a la causa de la independencia.
Sin embargo, con el tiempo, llegará a imponerse el sistema compulsivo que propone la supresión forzosa de las lenguas  de los pueblos dominados y el trueque de un elemento cultural por otro. De esta manera, en 1782, Carlos III establece "que se extingan los diferentes idiomas y sólo se hable el castellano" y propone dotar de maestros a estos territorios para que impongan la lengua de Castilla.
No solo propone que se hable el castellano, compartiendo la postura que habían tenido los Austrias, sino además ordena que las lenguas de los naturales deben extinguirse. Aparece así, por  primera vez aparece en la legislación colonial, un radical monolingüismo castellano y una expresa persecución a las lenguas vernáculas.
 
En nuestro país

Antes de la llegada de los españoles, la realidad lingüística en el territorio que hoy ocupa nuestro país, lo mismo que la de toda América, era multilingüe. De la gran cantidad de lenguas vernáculas, han quedado, con mayor vitalidad, el quechua en el Noroeste, el guaraní en el Nordeste y el mapuche en el sur.
Sin embargo, en los comienzos como nación se otorga gran consideración a las culturas y lenguas vernáculas. Dice al respecto Atila Karlovich: “ Los criollos se alían con los caciques pampeanos para combatir a españoles e ingleses, Mariano Moreno sostiene en sus escritos la necesidad de la hermandad entre criollos e indígenas, en el Congreso de Tucumán se discute, con toda seriedad, la alternativa de una monarquía inca (y nadie menos que el General San Martín apoya esta idea), el quechua y el aymara están presentes en el documento fundacional de la Nación Argentina, el Acta de Independencia de 1816, el himno de López y Planes evoca las glorias del incanato y la bandera que crea Belgrano incluye - uno hoy casi diría ingenuamente - un Inti incaico. Ninguna otra de las naciones hispanoamericanas hizo tamaña reverencia a su remoto pasado precolombino. “
Agreguemos a estos datos otros más curiosos talvez y en épocas más cercanas. Se trata, como lo señala Elvira Narvaja de Arnoux, de “dos políticos populares – uno, Juan Manuel de Rosas en la primera mitad del siglo XIX y el otro, Juan Domingo Perón, un siglo después – escribieron diccionarios bilingües”. En efecto, Rosas se aboca a su  Gramática y Diccionario de la lengua pampa Perón a la Toponimia patagónica de etimología araucana.
Luego de las luchas de la independencia vino la época de la organización nacional. Sabemos que los Estados en sus comienzos debieron construir una identidad nacional y para lograrlo, la  comunidad de lengua fue un instrumento importante en la conformación del “pueblo”, base de una participación política amplia y hasta de un mercado interior. Así en Hispanoamérica, los estados nacionales reconocieron decididamente las culturas aborígenes como integrante de la cultura propia, a la vez que servían para diferenciarla de la metropolitana, pero debieron optar por castellanizar a la población a medida que se iba extendiendo la frontera agrícola o se requería la mano de obra indígena.
A partir de mediados del siglo XIX, se impone como doctrina de unificación nacional la ideología liberal y modernizadora representada especialmente por  Domingo F. Sarmiento. Su tesis es “civilización o barbarie”, y sus instrumentos el  ejército y la escuela. El ideal es ahora el progreso y resulta indeseable la considerada barbarie ancestral de los pueblos originarios.
De esta manera, en nuestro país, la decisión de mantener la unidad del español fue imperativo a lo largo de los siglos XIX y XX, sobre todo después de las grandes corrientes inmigratorias de comienzos del 1900. La elite gobernante entendía que la escolarización gratuita y obligatoria era el medio más efectivo de integrar plenamente a los hijos de los inmigrantes a la sociedad argentina. Para ello debían evitar que conservaran las lenguas maternas, especialmente los diferentes dialectos italianos.
Estos objetivos se cumplieron en gran parte y se logró la escolarización y la desaparición de las lenguas de inmigración, no solo por la política acertada, sino también por factores sociolingüísticos más complejos más complejos, como el escaso prestigio de los dialectos y su falta de estandarización. 
Pero a la par se fueron erosionando las culturas nativas por menoscabo social  y falta de atención. De esta manera, en los cincuenta años siguientes a la publicación de Civilización y Barbarie, desparece el quechua en  Catamarca, La Rioja y Salta.
Dice al respecto Atila Karlovich: “La funcionalidad integradora del sistema educativo sarmientino, altamente eficiente y sin duda útil y necesario para la formación de una nación a partir de dispares contingentes inmigratorios, ha sido, junto con el servicio militar obligatorio, el más eficaz instrumento de marginación y erradicación de las culturas y lenguas connotadas como bárbaras”
    Deberemos llegar a la década del 90 para que en el mundo se de un movimiento de legitimación de las lenguas minoritarias por parte de los estados. Esto se debe, por una parte,  a la incidencia de la globalización en las representaciones sociales, pero también a  como los exigencias de las integraciones regionales, que borra viejas fronteras para estructurar un espacio común, con la consiguiente desestructuración de los Estados nacionales.
Consecuentemente, surge en Lingüística el concepto de ecología lingüística, la que se basa en la idea de que cada una de las lenguas humanas forma parte del patrimonio cultural de toda la humanidad y es, además, un recurso esencial para la adaptación de la especie a los diversos entornos que habita  De ahí que todas las lenguas se consideren iguales y merezcan el mismo respeto. Asimismo, defiende la diversidad lingüística (y cultural), y propugna que se tomen las medidas necesarias para proteger las lenguas más débiles ante la irrupción de las lenguas hegemónicas que, de otro modo, las aniquilarían
En nuestro país, y siguiendo estas tendencias mundiales, surge en esta última década una legislación sobre la educación aborigen que impulsa la puesta en marcha de establecimientos bilingües y biculturales. Mediante la ley del aborigen y varias complementarias de carácter provincial, se garantiza a todos los habitantes el respeto a su identidad. A su vez, la Ley Federal de Educación (24.195, de 1993) incita a facilitar la interacción de los alumnos con el patrimonio lingüístico, cultural y literario de la lengua española y otros idiomas vernáculos. Así, en el artículo 5, apartado q, se ocupa de los temas sobre diversidad y contacto lingüístico y se refiere a los derechos de todos los ciudadanos y particularmente “de las comunidades aborígenes a preservar sus pautas culturales y al aprendizaje de su lengua, dando lugar a la participación de sus mayores en el proceso de enseñanza”.
Por su parte, en el artículo 43 determina la intervención del Estado nacional en este aspecto: “El Estado nacional promoverá programas, en coordinación con las pertinentes jurisdicciones, de rescate y fortalecimiento de lenguas y culturas indígenas, enfatizando su carácter de instrumento de integración”.
No hay una implementación seria de estas expresiones de deseo más retóricas que legislativas. Lo cierto es que cada vez son menos los hablantes de lenguas vernáculas, que no hay un censo que los registre y determine su cuantía, que estos hablantes mantienen en general un bilingüismo diglósico y establecen, además, relaciones particulares con el español, puesto que “traducen” al español algunos de los usos de sus lenguas, dando lugar a cambios de código muy particulares, lo que conforma las hablas regionales.
Todo un tema aparte es el relacionado con el turismo, que al “consumir” una imagen exótica, prefiere las notas diferenciadoras, como el folklore, las comidas tradicionales, y muy especialmente la “curiosidad” de estas lenguas aborígenes.
La tensión entre las distintas concepciones se observó en las discusiones que suscitó el Congreso de la lengua de Rosario, ya que la versión “oficial” del congreso contó, paralelamente, con un contra-congreso celebrado también en Rosario, el denominado Congreso de las lenguas, en el que el plural expresaba  el deseo de dar una interpretación menos monolítica y homogénea de nuestra realidad lingüística, en la que se incluyan las lenguas vernáculas .En ese sentido, resulta claro que las políticas acerca de las lenguas indígenas en nuestro país han sido erráticas y, muchas veces, discriminatorias. Y de aquí en más….¿Qué hacemos con nuestras lenguas vernáculas?
De mi observación de la realidad y extensos estudios sobre el tema, acerco mis propuestas:
1)    Antes de tomar fundadamente una decisión, deberá realizarse con seriedad un censo o recuento de hablantes del quichua.
2)    Promocionar su estudio en los Institutos de Lingüística. El quechua debe formar parte – por lo menos en un curso básico – de la formación de lingüistas del NOA, así como los estudios de Latín y Griego para una formación completa en castellano. De la misma manera, debería procederse con el guaraní en el NEA y el mapuche en el Sur.
3)    Promover desde las instituciones de estudios superiores, proyectos de investigación para descubrir cómo subyace la cultura, la cosmovisión propias de estas lenguas  y sobre todo su integración en el habla regional y muy especialmente en la toponimia.
4)    Integrar en los programas escolares – por lo menos del NOA-, desde el Nivel Inicial, adivinanzas, coplas, canciones, relatos en lenguas vernáculas, de la misma manera en que se las aprende en inglés, francés, etc.
5)    Procurar traducciones de obras importantes – así como El Quijote ya traducido al quechua – como una forma de probar que son lenguas que “sirven” para expresar las más elevadas creaciones humanas.

Hebe Luz Ávila
Dra. en Letras Orientación Lingüística
(Universidad Nacional de Tucumán)
Santiago del Estero, agosto de 2006




 
 
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