ADILQ - El Quichua en Argentina

BIBLIOTECA INTERNACIONAL DE OBRAS FAMOSAS
TOMO XX
Londres, Buenos Aires: Sociedad Internacional (24 tomos)  1


           
  LA QUICHUA EN SANTIAGO                                                                                                                    
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LA  QUICHUA EN SANTIAGO 2
POR  JUAN MARÍA GUTIÉRREZ


Es un hecho, al abrigo de toda duda, que la población de la provincia argentina de Santiago del Estero habla la lengua quichua ó quichua que es la lengua general del Perú. Si esa parle del territorio de la Confederación se hallase inmediatamente en contacto con la República Boliviana, no causaría tanta extrañeza el fenómeno que acabamos de señalar; pero no es así. Entre la parte meridional del territorio boliviano y la provincia de Santiago, se interponen otras provincias argentinas cuyas poblaciones no conocen la lengua de los Incas y hablan el español únicamente.
El señor Poucel, con la sagacidad de inducción que le es familiar, ha echado de paso algunas ideas sobre esta materia en un artículo recientemente publicado en El Orden; ideas que nos proponemos ayudar un poco con los presentes renglones.
La cuestión histórica que á este respecto debe ventilarse es: ¿Los pobladores primitivos de los llanos de Santiago, se establecieron allí durante el gobierno de los Incas, ó con posterioridad á la conquista del Perú por las armas españolas?  Nos parece que por mucho que se compulsen los demonios deficientes que componen la historia de esta parte de América, no se hallarían pruebas terminantes para asegurar lo primero ni para negar lo segundo. Los Incas eran conquistadores é invasores; hicieron por muchos siglos el papel de los romanos, y se ha dicho de ellos, como se ha dicho de los Señores del mundo, que tomaban lo mejor de los usos y costumbres de los pueblos que sometían á su do-


           
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minio. Eran tolerantes y trataban de aligerar la mortificación de la conquista derramando en sus nuevos dominios los beneficios de la excelencia de su gobierno, de su administración y de su civilización verdaderamente notables. Es de creer, pues, que tanto por medio de las armas como de la habilidad, y sobre todo por la fuerza de expansión que tienen en sí los pueblos adelantados, se extendió el Imperio de los Incas en el ámbito que le señalan los historiadores. Oigamos á este respecto al señor Prescott (Guillermo), quien, refiriéndose á la relación manuscrita de Sarmiento, á la Crónica del Perú de Cieza de León, y al exactísimo y bien informado Garcilaso de la Vega, dice lo siguiente: «El Imperio del Perú en !a época de la invasión española, se extendía por la costa del Pacífico, desde el segundo grado, por más ó menos de latitud Norte, hasta el 37 de latitud Sur; línea que describen actualmente los límites occidentales de las repúblicas modernas del Ecuador, Perú, Bolivia y Chile. Su anchura no puede ser determinada con exactitud, porque aunque totalmente limitado al Oeste por el gran Océano, hacia el Este se dilataba en varias partes más allá de los montes, hasta los confines de las tribus bárbaras, cuya exacta situación no es conocida y cuyos nombres han sido borrados del mapa de la historia».
En las palabras que quedan subrayadas en esta larga cita de la Historia de la Conquista del Perú, con observaciones preliminares sobre la civilización de los Incas, puede apoyarse cualquiera que tenga interés en sostener que antes de la conquista fueron del señorío del Inca las llanuras que median entre los ríos Salado y Dulce. Veamos ahora los datos que en el otro sentido presentan los historiadores de la conquista del Tucumán, compulsados por el doctor Funes, en su Ensayo Histórico, al que seguiremos para no acumular autoridades en una nota pasajera.
Supone el doctor Funes que, deseando don Francisco Pizarro alejar la influencia poderosa de su rival don Diego de Almagro, tuvo la habilidad de persuadirle la conveniencia de la conquista de Chile, la cual emprendió Almagro por los años de 1535, tomando la ruta de Tupiza, y de aquí la del valle de Chicoán, jurisdicción de Calchaqui. Si esto es exacto, el ejército español en camino para Chile, se internaba en la provincia llamada entonces del Tucumán, no



           
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por espíritu de conquista, sino con el objeto de evitar las desiertas é inhospitalarias soledades de Atacama que separan á Chile del Perú. La resistencia á los invasores comenzó desde Jujuy. De cinco soldados españoles que se separaron del grueso del ejército, fueron tres despedazados cruelmente por los indios; y cuando la totalidad del mismo ejército atravesaba el citado valle de Chicoán, fue atacada por la retaguardia con tanta energía, que mataron al caballo del general, escapado difícilmente con vida á merced del oportuno socorro que le prestaron sus muy leales soldados. Almagro no pudo vengarse de este insulto. Los indios tomaron las alturas y se burlaron de las fuertes caballerías que destacó en su persecución. La relación algo confusa é incompleta del Deán, deja lugar apenas para suponer que el ejército de Almagro entró en Chile por la altura del valle de Calchaqui, lo que, según las mejores cartas, cuadra bien con la proposición que hicimos antes, pues en aquella altura termina el desierto de Atacama y comienza el suelo fértil de Chile.
Este ejército español se componía de 370 españoles y 15,000 indios peruanos. Se ve, pues, que para las empresas de conquista se valían los españoles de sus nuevos súbditos, acostumbrados por sus envejecidos usos á invadir tierras extranjeras y á imponerles el uso de su idioma, que era en lo que principalmente hacían consistir los Incas el buen éxito definitivo y la perpetuidad de sus conquistas.
No sería extraño, pues, cuando poco más tarde se concedió la Capitanía General á aquel Diego de Rojas que tanto se había señalado en la conquista de Nicaragua y en otras grandes empresas que supo llevar á cabo con reducidos recursos, nada tendría de extraño, repetimos, que trajese consigo algunos aliados peruanos, aunque no fuesen en el crecido número de 15,000. En esta suposición, y aunque, según puede deducirse del historiador que seguimos, el Capitán General Rojas extendió sus conquistas hacia Catamarca, en donde halló una resistencia que le costó la vida, puede creerse, sin embargo y sin violencia de la razón, que los pobladores de Santiago (entonces, y hasta mucho tiempo después, comprendidos en la jurisdicción del Tucumán) son el resultado de la conquista española, como lo presume también el señor Poucel.
Porque  la  influencia de los auxiliares  peruanos del  con-



           
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quistador español se fijó de preferencia en aquel punto, no puede tampoco aplicarse de otro modo que lo hace el señor Poucel, es decir, por las afinidades del indígena santiagueño con el peruano, lo que dice mucho á favor del primero, atendiendo al grado de adelantamiento social é intelectual que no puede negarse por aquel entonces á la raza de la lengua quechua. Es de añadir que cuando por los años de 1550, después de la catástrofe de Rojas, recayó la Capitanía de Tucumán en otro capitán de la conquista del Perú llamado Juan Núñez del  Prado, quien abrió la vanguardia de sus conquistas con 84 soldados y muchos indios amigos. Esta vez los indígenas se presentaron más dóciles. Los de Calchaqui se convinieron en formar una nación con la de su  propio invasor, y los habitantes del valle de Catamarca, los de los ríos Salado y Dulce, los de la jurisdicción de Santiago y los belicosos lules, se sujetaron con gran docilidad.
Estos hechos posteriores justifican aún más las suposiciones que quedan aventuradas en un punto todavía tan obscuro de nuestra historia.
Volviendo al hecho constante de que la lengua hablada hoy por el pueblo de Santiago del Estero es la misma llamada por los escritores la lengua general del Perú, tengo motivos para creer que la adulteración que haya podido sufrir en las llanuras, distante de su origen y circundada de pueblos que hablan un idioma tan superior como es el castellano, no es de gran consideración. Conocemos personas cultas de la provincia de Tucumán que han aprendido el quichua en largas residencias que en su juventud hicieron en los linderos de ambas provincias, y que teniendo después que atravesar el territorio de Bolivia y del Perú á causa del comercio en mulas, se pudieron entender y entendieron perfectamente á los quichuas puros con el idioma que habían aprendido en Santiago.
Los santiagueños tienen, como es natural, mucho apego á la lengua que para ellos es materna. El español es el latín de aquellos escitas, la lengua oficial en que no derraman ni los sentimientos intensos, ni las confianzas íntimas de la familia y de la amistad. La ola creciente de la civilización debe respetar ese rasgo variado de la fisonomía del pueblo argentino. Y lejos de desdeñar la parte culta de Santiago el expresarse en aquella lengua, debe al contrario esforzarse por


           
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llevarle á las fuentes puras de su origen y lavarla allí de las manchas   que   han   de   desfigurarla   probablemente   por   las muchas  pecaminosas  influencias  que la combaten.  Los sacerdotes en especial, debían allí aprender en las gramáticas y diccionarios que dejaron  de la lengua quichua  los  misioneros jesuítas, la pureza de que ésta es susceptible para derramar con majestad y eficacia la palabra de Dios entre aquel pueblo  tan  industrioso y simpático.  Si se  tratara  de algún dialecto pobre  y  obscuro,  encerrado en  espacio  reducido,  y empleado como signo de groseras ideas por  una  tribu  poco numerosa,   nos  guardaríamos  de  recomendarla  como  digna de estudio, de conservación y mejoramiento.  Pero la lengua de la  gran  civilización  peruana es hablada actualmente  por más de  dos millones de americanos, y sus excelencias como idioma claro,  expresivo y armonioso están  atestiguadas por muchos escritores de nota.  Nos contentaremos con  recordar lo que á este respecto dice un célebre granadino, el malogrado Caldas, á quien  cupo en sus montañas  natales de  América   la  misma suerte  que el   francés  Lavoisier,   pidiendo en vano una tregua á la muerte (que no le mandaba Dios) para terminar   un   trabajo   útil.   «Los   peruanos   siempre   exactos, siempre cuidadosos en  dar á  las  cosas  nombres  tomados de sus virtudes  (dice el  fundador del seminario de  Nueva  Granada) ó su figura, de su situación, etc.,  llamaron á las yerbas por sus virtudes y  por sus usos en  la medicina, en  las artes y en la sociedad. Cuando se conoce un poco su lengua,   esta  lengua   armoniosa,   dulce   y  flexible,   esta   lengua que  representa en el nuevo continente á  la  toscana  del antiguo, entonces se conoce el juicio y la elección que tuvieron los  peruanos en la   imposición   de  los nombres  á  todos  los objetos que los rodeaban.  Un volcán que arroja de su cima columnas de humo espeso  mezclado con llamas,  se le nombra Cotopax (masa de  fuego) ; otro que lanza de su seno nubes de arena,  conmueve  los  fundamentos de  la   provincia y  arruina los templos y los edificios, se le llama el  Pinchincha  (el terrible, el amenazador); una cima  inmensa cubierta de nieve y colocada al otro lado de un  río, se nombra  Chimborazo  (nieve  al  otro  lado); una  población  establecida  en  una garganta estrecha que corta la cordillera,  se  le  impone el   nombre  de   Lacta  cunga  (garganta  estrecha),   y   en   fin, á  una planta que fortifica los músculos, que da vigor,  que


           
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hace andar á un tullido, le llama calpachina yuyu (yerba que hace caminar). Los nombres de esta lengua contienen las virtudes de las plantas y las cualidades de todos los objetos. Al oir los nombres de las plantas casi se saben sus virtudes. ¿No es esto mas sabio, más importante á la humanidad que esos nombres que ha criado la adulación, el reconocimiento ó el interés? ¿Qué idea nos pueden dar de una planta las voces diascorea, plinia, busfónica, sigesvechia ?...»
    Para dar alguna idea más de esta lengua, copiamos aquí la exclamación patética de una madre que acababa de perder un hijo tierno: ¡Chaupipurchapi tutayarca! (en la mitad del día le anocheció). Si faltase armonía á estas dos palabras, nadie podrá tacharlas de fallas de elocuencia y laconismo.
    Hay una circunstancia digna de tomarse en cuenta y que prueba la excelencia de la lengua   quichua.   Tal es la de haberse naturalizado muchas de sus palabras en el  lenguaje usual de las poblaciones civilizadas, aun en aquéllas que por su situación geográfica no están en  contacto inmediato con los indígenas que hablan la quichua, Estas palabras inoculadas en el habla de los españoles, es decir, de los conquistadores, responden á usos é ideas más adelantadas en el imperio de los Incas que en las sociedades formadas en el molde de la civilización española. En las ciudades de Chile, Santiago y Copiapó, por el centro de las cuales corren ríos que las divide en  dos  partes,  se llama barrio de la Chimba al suburbio que está al otro lado del río separado de la parte principal de la  población.  Chimba en  quichua significa del otro lado. En el fondo del valle de Copiapó y en toda la provincia llamada   modernamente  de  Atacama,   centro de afamados laboreos de metales de pinta y cobre,  la mayor parte de los términos técnicos de minería que allí se emplean son los mismos que usan los potosinos y demás mineros del Perú, términos que pertenecen á la lengua quichua sin disputa alguna. De éstos recordamos los siguientes: Apir, Poruña, chancar, cancha, etc. Cuando los españoles, bajo la bandera del general Valdiva, comenzaron la famosa guerra contra  el   resistente  araucano,  ya estaban   allí  en   uso  palabras quichuas que don  Alonso de Ercilla consideró tal vez como pertenecientes á la lengua chilena,  pues incorporó las pala-



           
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bras ojota,, Llanto, Palla, etc., en la Declaración que puso al frente de su conocido y famoso poema, para inteligencia del lector no familiarizado con las cosas de Indias.


                                                                                                                                                                                     

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NOTAS

1.-  La colección carece de fecha de impresión.
2.- No se especifica la fecha en que Gutiérrez escribió este artículo, sin embargo,
          necesariamente es anterior a agosto de  1863, ya que en dicha fecha Vicente Quesada
          publicó una crítica al artículo de Gutiérrez.





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